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15 gennaio

1-2-3

Lluvia
Piano
Flores
Calma
Ventana
 
 
1
 
Calma entra por la ventana sin pedir permiso. Aprovecha que la habitación está sola y se dispone a registrar los cajones del escritorio. Encuentra papeles, algunos escritos, otros tachados, otros limpios. Los moja. Esa maldita lluvia. Abre la puerta y ve una vasija con flores muertas en un mueble. Se desplaza por el angosto corredor. Oye el sonido de un piano, hay alguien allí detrás de la puerta. La ha encontrado y sin embargo algo tranca la entrada. No es su turno todavía y lo sabe. Todavía reina alguien más en esa habitación, la que dirige las notas del instrumento, la que le aplasta el corazón contra los huesos. Tristeza sigue ahí y lo sabe.
 
2
 
El sonido de la lluvia le producía una calma que rayaba casi con una sensación de desdoblamiento. Compartía esa sensación cuando olía flores frescas o escuchaba las notas melancólicas de un piano. Era una lástima que la vista de su ventana se entorpeciera por culpa de un viejo edificio que probablemente seguiría en pie hasta que murieran todos los que en él habitaban y la siguiente y la siguiente generación. No había caso en observar, el placer se hallaba en el sonido.
 
3
 
Había llevado las flores el día anterior y ya estaban marchitas. De nuevo se oye el piano de aquel viejo del apartamento justo encima del suyo. A ella le gusta pero la comunidad de vecinos está apunto de sacar a patadas al pianista del edificio. Le pidieron una firma el otro día y ella se negó. En esos días la música del pianista resulta más poderosa que antes, como una ola que la alcanza y la arrastra hasta el océano abierto en calma. Tanta libertad le da miedo y sin embargo es lo que más desea. Mientras el viejo mueve sus dedos ella se sirve el chocolate caliente en un pocillo con gatos pintados. La lluvia se desliza por la ventana.
22 settembre

Laberintos invisibles

En ese momento entre la vigilia y el sueño, cuando todo parece desdibujarse o tomar forma, sintió su respiración. Notó cómo se inflamaba su pecho tras la tela de algodón y se sorprendió al pensar que lo primero que hizo en su vida fue respirar en el instante de su nacimiento, que nadie se lo había enseñado y que de ahí partía todo lo que ella era, toda su vida se desprendía de ese oxígeno que aspiraba y lo devolvía transformado en otra cosa. Así, como el aire que se metamorfoseaba en el recorrido que hacía por sus entrañas,  ella había cambiado también en todo ese tiempo. Y le asustaba pensar que fuera tan frágil, que incluso una almohada en las manos equivocadas pudiese llegar a ser un arma mortal.
 
El sueño se apoderó de nuevo de ella. La luz de la luna atravesaba el cristal de la pecera pruduciendo el reflejo de una serie de ondas, como serpientes de neón sobre su cuerpo tendido en un silencio inmaculado.
20 settembre

Laberintos invisibles2

Cuando Miguel cerró la puerta de su apartamento no pensó que fuera a tener tan graves consecuencias. Una hora antes se había bañado, se había puesto la ropa nueva que había comprado y además, por primera vez en mucho tiempo, se perfumó. Revisó que tuviera dinero en la billetera y antes de salir se devolvió al espejo del corredor de la entrada para pasarse la mano por el pelo. Abrió la puerta y sintió una corriente de aire que le rozó las piernas. Salió y miró el reloj. Cerró la puerta y corrió a bajar las escaleras saltándose unos escalones. Fue cuando se detuvo a pensar un minuto, pasó las manos por los bolsillos del pantalón y el interno de la chaqueta buscando un bultico que sonara. Había dejado las llaves dentro.